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SANACION RECONECTIVA
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  La personalidad creadora

Escribe: Antonio Blay

La principal causa de la detención del desarrollo de la mente en la dimensión de profundidad, que a su vez es la que impide que el hombre pueda encontrarse a sí mismo y alcanzar la plena conciencia de su realidad central, radica en la multitud de problemas internos que el hombre ha ido acumulando desde la niñez y que lleva consigo, pendientes de solución, aún sin darse muchas veces cuenta de ello por estar fuertemente reprimidos en su inconsciente.

Estos problemas producen siempre en el interior de la persona, en mayor o menor grado, un triple efecto:
- un bloqueo de energías, principalmente en forma de impulsos vitales y afectivos.
- unas ideas erróneas o contradictorias, que afectan lo mismo a la valoración de sí mismo que a la valoración del mundo y a la de su conducta.
- una serie de actitudes y hábitos negativos y encogidos, tanto en el aspecto físico como en el afectivo y en el mental, que obligan al hombre a una conducta en círculo cerrado.
 
La manifestación subjetiva permanente de este estado interno de conflicto es el temor y la hostilidad que afectan y colorean toda la vida de la persona, y, a la vez, constituyen la barrera interna que se opone a que la mente consciente llegue a sintonizar, a conectarse con el eje auténtico de su propia realidad detrás de esta zona de conflicto. Y todo esto ocurre, evidentemente, sin prejuicio de que por otra parte la persona desarrolle una serie de cualidades positivas, intelectuales y caracterológicas. Cualidades que si bien pueden darle la ilusión de que ya «funciona bien», no son en realidad más que un pálido reflejo de las que verdaderamente podría expresar si por dentro fuera libre y pudiera disponer de todos sus recursos potenciales.

La principal causa de la falta de desarrollo del hombre en su dimensión superior o espiritual es su excesiva y casi total identificación con los niveles elementales de la personalidad, esto es, con el cuerpo y sus necesidades, con sus estados emocionales y con sus ideas concretas. La permanente y exclusiva atención a estos niveles impide que la mente consciente sea receptiva con suficiente intensidad a los valores y realidades trascendentes que, en un grado u otro, todos podemos sintonizar, cultivar y expresar.
Pero como que, a pesar de todo, estos niveles superiores de algún modo hacen sentir su presencia en forma de aspiraciones o de exigencias de algo absoluto y definitivo, el hombre se encuentra aprisionado en un mundo y en un estilo de vida que descubre como vacíos y que le llenan de desengaños, de hastío y de desesperanza, pero de los que, por otra parte, no sabe cómo ni acaba de decidirse a trascender.
Su vida espiritual, cuando realmente existe, se desenvuelve por lo general, tanto en el aspecto religioso como en el filosófico y en el estético, de un modo excesivamente formal e intelectualista que de ninguna manera pueda satisfacer su verdadera necesidad de vida espiritual.

La evolución espiritual del hombre obedece a unas leyes y se sirve de unos mecanismos tan precisos y tan concretos como puedan serlo en otro nivel los de su desarrollo fisiológico. De estas leyes y de estos mecanismos no tenemos todavía más que unos conocimientos rudimentarios. Pero por parciales y limitados que sean, constituyen un precioso punto de partida para emprender un trabajo serio, sistemático y con espíritu científico que vendrá a complementar útilmente cuanto se viene haciendo hasta ahora en nuestras latitudes a este respecto (y que se apoya casi exclusivamente en un criterio moral y tradicional).


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