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  EL 2009 SE VA - por Isabella Di Carlo

EL 2009 SE VA

¿Qué te queda en ese lugar de ti donde nada se puede perder del año que se va? Observa, espera, respira, vuelve a observar que a buen seguro lo que no puede irse, lo auténtico pesa más que todo lo insustancial.

Yo he visto a un joven con cáncer en el cerebro pleno de esa luz magnética que es el sello indeleble del alma en el cuerpo, cuando el cuerpo puede ser el cáliz que está destinado a ser. Le visto agradecer la vida y el tumor. He visto en su novia la fuerza del amor cuando el amor no es dependencia, complacencia, ni placer, sino esa emanación del ser que no conoce la derrota. He visto que un cáncer en el cuerpo puede ser un florecer del alma.

He vivido una separación constatando que aunque el marido no esté el amor está. Su amor y mi amor. He encontrado hoy 31 de diciembre una postal hecha por mi hijo de 18 años cuando no tendría más de 8, aún vacía, esperando. He escrito esa postal para el hombre que estuvo conmigo educando, besando, riñendo, protegiendo, motivando. Le he hablado de todo aquello que porque pasa de verdad no puede pasar. Permanece. He recordado algo que se, pero que olvido... que algunas cosas tardan tiempo en completarse, pero aguardan, siempre aguardan y llegan a cerrarse. Se cierran completando su propia órbita, como hoy la tierra alcanza el punto del comienzo en su viaje espacial y cierra el año. He en la postal y en mi corazón derramándose en ella que lo verdadero no tiempo de caducidad.

He visto a dos mujeres vendiendo tickets de una rifa para subvencionar con monedas su obra de recoger gatitos y perros de la calle, llevarlos al veterinario, vacunarlos, curarlos tenerlos en acogida en sus casas hasta encontrarles un nuevo hogar.

He visto a alguien que había perdido su trabajo, derrotado porque le habían robado su bicicleta, su único lujo, su forma de equilibrarse y mantenerse con la mente en forma. He visto como alguien le prestaba por tiempo indeterminado la suya.

He visto nacer a una niña de otra niña de sólo 17 y he asistido al milagro de la maternidad, he comprobado que a los 17 se puede ser mujer y más que mujer incluso madre. He comprobado que cuando el cielo marca el tiempo y escuchamos el tiempo recuperarse a los 17 de tres años de cocaína, robos y violencia es posible. He visto a una abuela tocar el cielo y quedarse en él, aquí en la tierra.

El 2009 me deja el testimonio de una madre que perdió su tercer bebé en un embarazo in vitro luego de dos semanas a quietud completa y no se derrumbó. Besó a su príncipe de 20 semanas, lo tuvo junto a su pecho y se despidió en paz. La ginecóloga derramaba lágrimas, la enfermera no daba crédito a sus ojos y ella vivía y sentía como siente el corazón... la vida misma obrando en ella en toda su grandeza y su rara crudeza, la vida sin juicios, ni condiciones, la vida a la luz del alma. La he visto unida a su marido, lo he visto apoyándola en todo, sin fisuras, entero, entero.

He visto a mi madre superar a sus 87 años una segunda fractura de cadera y un segundo período de inmovilidad cuando todos los profesionales creyeron que no podría vivir y si vivía no podría andar. He visto a un hombre caerse de un cuarto piso, estar en la UCI en coma, recuperarse, hablar y comenzar la fisioterapia para volver a caminar.

He escuchado a un coro de gospel cantarLe y poner de pie a un aditorium lleno, haciendo vibrar con su alegría a 500 personas unificadas como un solo cuerpo. He escuchado a solistas que me han transportado a esa vibración del ser en que sólo es posible agradecer, llorar, amar. He leído versos que me permiten comulgar con el corazón del poeta, ser uno con él saberle mío, saberme suya, sin importar que no le conozca, que su cuerpo ya no esté en esta tierra.

Desconozco que otra fuerza de la naturaleza puede compararse a la fuerza del corazón humano. Está en todas partes, nada lo detiene. Brota como solidaridad, como inquebrantable capacidad de sobreponerse a la adversidad, como entrega incondicional a una causa, como amor de madre. Brota como un huracán que lo arrasa todo, que nos asusta pero a la postre nos libera de lo que nos ataba. Se expresa como aceptación plena, como luz serena, como coraje redentor. Se deja oir como arte, como una presencia protectora, como una pulsación que conecta el latido del sol con el ritmo de la respiración. Podemos respirar el sol. Podemos latir con el universo. Podemos ser esa fuerza que en nosotros espera el día en que nos reconozcamos como lo que somos: Hijos de Dios.

Que lo perdurable del 2009 nos inspire para un 2010 a la luz del ser.

Isabella Di Carlo


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